Según el contradictorio paladar de algunos intelectuales – que afirman el igualitarismo romántico por un lado y simultáneamente el multiculturalismo global por el otro –

Occidente es demasiado monocromo. De qué forma y manera el igualitarismo sociopolítico y el multiculturalismo sociocultural podrían llegar a establecer una convivencia pacífica, eso sigue siendo un misterio envuelto en la nube de una retórica ideológica. Frente a ello, la contradicción intrínseca de igualdad con diversidad es uno de esos "constructos" intelectuales que choca de frente con la realidad de todos los días. Y sucede no solo porque es una contradicción en los términos sino porque, además, es un imposible etnocultural.

 "La religión no es la causa de las guerras; es la excusa"


Jasper Forde

Sin embargo y a pesar de ello (o justamente por eso) son múltiples las instancias que promueven esa utopía de lo imposible. La oligarquía plutocrática, los demócratas utópicos, los ecologistas del tipo sandía (esos que son verdes por fuera pero rojos por dentro), los derechohumanistas intelectualosos, los medios masivos principales y todos los ilusos que creen poder evitar una guerra mediante el simple expediente de no quererla, todos ellos forman – de modo consciente o inconsciente – parte de un lobby que ya hace más de una generación trata de imponer en todo el mundo el modelo social multirracial y multicultural norteamericano pasando olímpicamente por alto e incluso escondiendo el hecho que ese modelo hasta en los EE.UU. ya ha demostrado ser una distopía como lo demuestran los tiroteos, los enfrentamientos y los reiterados conflictos raciales y sociales que registra la crónica cotidiana norteamericana.

El "crisol de razas" que – teóricamente – constituiría la esencia del modelo sociopolítico norteamericano simplemente no es tal cosa. Los EE.UU. tienen la rara virtud de ser muchas cosas contradictorias en forma simultánea. Por un lado son un país como cualquier otro pero, por el otro lado, una estructura minoritaria y muy poderosa los impulsa a cultivar aspiraciones imperiales siendo que, simultáneamente, carecen de las virtudes más básicas que han caracterizado siempre a los grandes constructores de imperios. Por un lado pregonan el igualitarismo y la inclusión social mientras que, por el otro lado, constituyen de hecho un conglomerado de ghettos en el cual, por ejemplo, la integración de los negros a la sociedad de los blancos ha fracasado estrepitosamente a pesar de una convivencia de siglos y a pesar de más de medio siglo de experimentos de inclusión poco menos que forzada como los intentados con la llamada "discriminación positiva" o "acción afirmativa".  

En los EE.UU. la proporcionalidad étnica de la totalidad de la población ha variado y sigue variando, entre muchas otras cosas también por tasas de natalidad fuertemente diferentes. Consecuencia de ello es que cada vez se hace más evidente y nítida la línea separadora existente entre blancos, negros e hispano-mestizos y esto a pesar de un acervo cristiano común a grandes rasgos aunque debilitado por los divisionismos de las sectas protestantes. Estas tendencias centrífugas ya por sí mismas serían suficientes para provocar en el largo plazo el surgimiento del etnocentrismo, el fortalecimiento de los impulsos separatistas y, en última instancia, el desmembramiento del país.

Conflictos raciales en los ee.uu.

Por ahora es imposible prever cómo se producirá exactamente el proceso. Considerando la Historia y toda una serie de hechos actuales no es muy arriesgado pronosticar que será traumático y violento. En todo caso las tendencias demográficas y geopolíticas actuales apuntan a que, a más tardar durante el siglo próximo, los EE.UU. dejarán de existir en su composición actual. Claro que las tendencias suelen ser bastante caprichosas y pueden variar, pero una proyección lineal de las tendencias actuales indicaría justamente eso.

Tampoco hay razones para ser demasiado optimistas respecto del resto de Occidente. A la presión a favor de la colonización étnica – que viene durando ya varias décadas y que apunta a destruir en forma definitiva la relativa coherencia cultural de Occidente – se le ha sumado en los últimos tiempos un conflicto religioso. Los nuevos inmigrantes y desplazados no solo no comparten los valores etnoculturales occidentales sino que directamente los rechazan, lo cual hace que la asimilación de los recién llegados se convierta en imposible. Y este enfrentamiento esencialmente cultural viene, para colmo, agravado por una clara disposición a la intolerancia religiosa. 

La intolerancia en materia religiosa es un rasgo común a todas las religiones surgidas originalmente en Medio Oriente. En forma contraria a lo que sucede en el Lejano Oriente – en donde son prácticamente desconocidos los conflictos religiosos al punto en que no es infrecuente que distintos templos de diferentes religiones compartan la misma feligresía –  tanto el judaísmo como el islam y hasta el mismo cristianismo se han considerado tradicionalmente depositarios exclusivos de la Verdad Absoluta e históricamente han tolerado bastante poco –  cuando han tolerado  –  cualquier desviación al respecto.

Panteras negras con fusiles y miras telescopicas

La Historia de Occidente registra varios casos en dónde la religión ha sido al menos parte del conflicto. Sin ánimo de ser exhaustivos podríamos citar: 

  • Las guerras de Carlomagno contra los sajones y eslavos paganos.
  • Las guerras de la península ibérica entre los visigodos cristianos y los moros mahometanos.
  • Las guerras del Bizancio cristiano contra los árabes y luego contra los otomanos mahometanos.
  • Las expediciones punitivas de los Caballeros Teutones en el Báltico contra las tribus paganas de prusianos, eslavos y lituanos.
  • Las cruzadas dirigidas hacia el sur de Francia, hacia Italia y hacia los Balcanes para erradicar las herejías de los cátaros, los patarinos y los bogomilos.
  • La guerra campesina alemana 1524-1525
  • Las guerras religiosas francesas 1562-1598
  • La Guerra de los Treinta Años 1618-1648
  • Las guerras civiles y de la Reforma en Inglaterra, Escocia e Irlanda 1639-1651
  • La Guerra de los Nueve Años 1688-1697
  • Las guerras del Imperio Otomano en los Balcanes y en Hungría.

En la actualidad el criterio políticamente correcto exige afirmar que las "guerras de religión" ya no existen. La ilusión es desmentida, sin embargo, por los 140.000 muertos y los 4.000.000 de desplazados de la Guerra de los Balcanes (1991-1999). Serbios ortodoxos, croatas católicos y bosnios musulmanes se masacraron mutuamente a pesar de que, en realidad, todo los unía: su etnia, su idioma y su Historia. Se pueden, por supuesto, hallar las fuerzas impulsoras no-religiosas en la serie de conflictos que caracterizó esta guerra pero convengamos en que se necesita afinar bastante el análisis para encontrarlas y en la mayoría de los casos el factor religioso aparece como tentadoramente relevante.

Carlos Martel en la batalla de Poitiers

Los bosnios, por ejemplo, son descendientes de herejes bogomilos que durante la ocupación otomana adoptaron la religión mahometana. Sería interesante investigar por qué no estuvieron dispuestos a renunciar a su sectarismo dentro de la civilización cristiana – negándose tercamente a ingresar al catolicismo, al protestantismo o a la Iglesia Ortodoxa – pero después no tuvieron mayores inconvenientes en convertirse al Islam. Algo muy similar ocurrió con los pomacos búlgaros.

Varias de las guerras citadas han sido denominadas "guerras de religión" por la historiografía oficial. La verdad es que en todos los casos relevantes la religión no fue más que un pretexto enarbolado por los poderes políticos de la época para justificar  ambiciones por demás mundanas. Es que la guerra es un hecho político que responde a una decisión política. Hablando en forma absolutamente estricta, no hay "guerras de religión" así como en realidad tampoco hay "guerras económicas". Lo que la Historia registra son guerras disparadas por cuestiones de conquista, expansión o consolidación del poder político en las cuales han intervenido factores religiosos, económicos, etnoculturales, históricos, pasionales, o cuestiones de alguna otra índole – que en la mayoría enorme de los casos no fueron más que factores concurrentes con la voluntad política – enarbolados para justificar una guerra decidida por motivos completamente diferentes.

La guerra es un hecho político; la religión es un fenómeno cultural. La guerra refleja una cuestión de poder, ya sea para conquistarlo, para mantenerlo o para consolidarlo. La religión refleja una cosmovisión, una metafísica de la vida más allá de las cuestiones mundanas. Ambos se interrelacionan y en las estructuras teocráticas hasta se fusionan, pero son fenómenos diferentes. El político no puede ignorar la expresión religiosa de su pueblo y la religión no puede evitar el "darle al César lo que es del César".

En cuanto a nuestra situación actual, según lo que el Papa mismo manifestó: estamos en guerra. Pero en guerra ¿contra quién? Sinceramente no sabría decir con precisión satisfactoria exactamente quién es el enemigo. Lo único que puedo precisar con un grado razonable de certeza es donde está el enemigo. Porque, aun cuando congrega reclutas de todas partes y tiene simpatizantes en todas partes, sus núcleos principales están en Afganistán, en vastas regiones de Irak, en Siria…

La reconquista española

Cosa curiosa. En Afganistán, en donde los norteamericanos hace años que libran una guerra que aparentemente no pueden ganar. En Irak, en donde los norteamericanos supuestamente ganaron una guerra contra un tirano que tenía armas de destrucción masiva que nunca se encontraron y donde, desde entonces, la gente vive en un estado de crisis y conflictos perpetuos. En Siria, en donde los norteamericanos quisieron echar del poder al actual gobernante, armando y organizando supuestos grupos moderados, tan solo para darse cuenta de que los moderados no eran moderados en absoluto cosa que los rusos aprovecharon para hacerse fuertes en la zona, consolidar su base naval de Tartús y, de paso, probar los chiches de su última tecnología militar. 
O sea: los principales baluartes del enemigo están justo en territorios que los norteamericanos han invadido militarmente en los últimos años o en los que han operado – u operan – para lograr el control de la zona. 

Raro, ¿no?

¿Casualidad? 

Lo dudo mucho.

El Islam es, indiscutiblemente, una religión combativa y se presta fácilmente a ambiciones agresivas. Después de estudiar la biografía de Mahoma uno no termina de tener en claro si el hombre fue un gran profeta, o un gran líder militar, o ambas cosas a la vez. La conquista y la dominación por la espada están en el ADN del mahometanismo aunque más no sea por la misma trayectoria de su fundador. Es un caso similar al de Moisés, aunque Moisés aparece más como caudillo político que como líder militar. 

Pero aún así, se trata de una religión y las religiones, en sí y de por sí, no deciden una guerra por lo que ya dijimos: la guerra es una decisión política y no una decisión religiosa. La India tiene más de 174 millones de musulmanes (un 16% de la población total), en Kazajistán hay más de 7 millones (47% de la población), en Kirguistán son más de 4 millones (80% de la población) y en ninguno de estos países – y podría citar a unos cuantos más – hay Emiratos Islámicos operando en pié de guerra. Los voluntarios de estos países con ganas de incorporarse al terrorismo islámico tienen que emigrar a Irak, o a Siria, o dado el caso a Afganistán,  o bien jurar lealtad al ISIS y operar en el país en que se encuentran.

En otras palabras: tienen que ir a – o relacionarse con – la zona que estuvo, o sigue estando, bajo el dominio militar norteamericano y sus aliados. Entre los cuales se halla el Estado de Israel, su principal aliado en la zona. Hasta los núcleos terroristas del África como Boko Haram en Nigeria han manifestado su lealtad al ISIS. 

El islam en el mundo

Es cierto: estamos en guerra.

Pero ¿quién es el enemigo aquí?  ¿Quién le ha declarado la guerra a quién? ¿Quién ha hecho estallar incluso los sectarismos internos del Islam logrando que musulmanes maten hasta a otros musulmanes? ¿A quién le conviene todo esto? ¿A quién le conviene debilitar a Occidente; especialmente a Europa y a su cultura milenaria? 

No pretendo tener la respuesta a todas y cada una de estas preguntas. La guerra que se está librando es terriblemente compleja y – ¡cuidado! – es muy fácil equivocarse. 

Pero las preguntas quedan planteadas.

Y para buscar las respuestas yo no iría a Bagdad, ni a Damasco, ni a Kabul. Ni siquiera iría a Riad aunque allí seguramente hallaría al menos algunas pistas. Así como no iría a Moscú, a París, ni tampoco a Londres o a Berlín porque creo que no tendría mucho sentido hurgar en la periferia una respuesta que se halla mucho más hacia el interior.

En resumen: yo apostaría por buscar las respuestas en Nueva York, Washington, Tel Aviv y Jerusalén. 

Puedo estar equivocado. Pero no lo creo.

¿Ustedes qué piensan?

 

 

Denes Martos

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