Para encontrar el origen de mi convicción en lo que se refiere al peligro que el imperialismo norteamericano representa con respecto a los pueblos de habla

española y portuguesa en el Nuevo Mundo, tendría que remontarme hasta el año 1900, cuando, apenas cumplidos los veinte años, hice el primer viaje a Nueva York.

En el fondo de mi memoria veo el barco holandés que ancló en el enorme puerto erizado de mástiles, ennegrecido por el humo. Las sirenas de los barcos aullaban en jauría alrededor de una gigantesca Libertad, señalando el mar con su brazo simbólico. Los rascacielos, desproporcionadamente erguidos sobre otros edificios de dimensiones ordinarias, las aceras atestadas de transeúntes apresurados, los ferrocarriles que huían en la altura a lo largo de las avenidas, las vidrieras de los almacenes donde naufragaban en océanos de luz los más diversos objetos, cuanto salta a los ojos del recién llegado en una primera visión apresurada y nerviosa, me hizo entrar al hotel con la alegría y el pánico de que me hallaba en el pueblo más exuberante de vida, más extraordinario de vigor que había visto nunca.

 

Yo llegaba directamente de Francia, después de dos años pasados en París, y el viaje, que no obedecía a ninguna finalidad concreta, a ninguna idea preconcebida, era exclusivamente de turista curioso, de poeta errante que busca tierras nuevas y paisajes desconocidos. Después de publicar en París varios libros, sentí la curiosidad de conocer la vida y las costumbres del portentoso país que empezaba a asombrar al mundo, y algunos artículos publicados en pequeñas revistas reflejaron, en su tiempo, mis primeras admiraciones.

 

Como viajero, llevaba dos puntos de arranque o de comparación: Buenos Aires, donde he nacido, y París, donde acababa de iniciar la carrera como escritor. Añadiré que mi cultura era exclusivamente literaria, ajena a toda sociología y a toda política internacional. Ignoraba el imperialismo, no me había detenido nunca a pensar cuáles pudieron ser las causas y las consecuencias de la guerra de los Estados Unidos con España, y estaba lejos de adivinar el drama silencioso y grave que se desarrolla en el Nuevo Mundo, partido en dos por el origen y por el idioma. De suerte que no cabe imaginar antipatía, prejuicio u hostilidad previa. El pueblo norteamericano no era para mí, entonces, más que un gran maestro de vida superior, y celebré sin reservas el inaudito esfuerzo desarrollado en poco más de un siglo. Las comprobaciones penosas para nuestro patriotismo hispanoamericano, las inducciones inquietantes para el porvenir, las pruebas de las intenciones que abriga el imperialismo en lo que respecta al resto del Continente, empezaron a nacer a mis ojos en el mismo territorio de los Estados Unidos.

 

Yo imaginaba ingenuamente que la ambición de esta gran nación se limitaba a levantar dentro de sus fronteras la más alta torre de poderío, deseo legítimo y encomiable de todos los pueblos, y nunca había pasado por mi mente la idea de que ese esplendor nacional pudiera resultar peligroso para mi patria o para las naciones que, por la sangre y el origen, son hermanas de mi patria, dentro de la política del Continente. Al confesar esto, confieso que no me había detenido nunca a meditar sobre la marcha de los imperialismos en la historia. Pero leyendo un libro sobre la política del país, encontré un día citada la frase del senador Preston, en 1838: "La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina, hasta la tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza."

La sorpresa fue tan grande, que vacilé. Aquello no era posible. Si un hombre de responsabilidad hubiera tenido la fantasía de pronunciar realmente esas palabras —me dije—, nuestros países del Sur se habrían levantado en seguida, en una protesta unánime. Cuando tras el primer movimiento de incredulidad, recurrí a las fuentes, pude comprobar a la vez dos hechos amargos: que la afirmación era exacta y que los políticos de la América Latina la habían dejado pasar en silencio, deslumbrados por sus míseras reyertas interiores, por sus pueriles pleitos de frontera, por su pequeña vida, en fin, generadora de la decadencia y del eclipse de nuestra situación en el Nuevo Mundo.

 

A partir de ese momento, dejando de lado las preocupaciones líricas, leí con especial interés cuanto se refería al asunto. ¿Era acaso posible dormitar en la blanda literatura, cuando se ponía en tela de juicio el porvenir y la existencia misma de nuestro conjunto? Así aprendí que el territorio que ocupaban los Estados Unidos antes de la Independencia, estaba limitado al Oeste por una línea que iba desde Quebec hasta el Mississipi y que las antiguas colonias inglesas fueron trece, con una población de cuatro millones de hombres, en un área de un millón de kilómetros cuadrados. Luego me enteré de la significación del segundo Congreso de Filadelfia en 1775; de la campaña contra los indios; de la adquisición de la Luisiana, comprada a Francia en 1803; de la ocupación de la Florida, cedida por España en 1819, y de la vertiginosa marcha de la frontera Oeste hacia el Pacífico, anexando tierras y ciudades, que llevan nombres españoles.

 

Estas nociones elementales, que —dada la instrucción incompleta y sin plan, que es la característica de las escuelas sudamericanas— no había encontrado nunca a mi alcance, durante mis estudios de bachiller, aumentaron la curiosidad y la inquietud. En un diario leí un artículo en que se amenazaba a México, recordando conminatoriamente cuatro fechas, cuya significación busqué en seguida. En un texto de historia descubrí que, en 1826, Henry Clay, secretario de Estado americano, impidió que Bolívar llevara la revolución de la Independencia hasta Cuba. En un estudio sobre la segregación del virreinato de Nueva España, hallé rastros de la intervención de los Estados Unidos en el separatismo de algunas colonias, esbozando la política que después se acentuó en las Antillas. Más tarde, conocí las exigencias del general Wilkinson, defensor interesado de los establecimientos de Ohio, y empecé a tener la revelación, sin comprender aún todo su alcance, de la política sutil que indujo a dificultar la acción de España, explotando el conflicto entre Fernando VII y Bonaparte.

 

Manuel Ugarte – El destino de un continente

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